De martes a sábado de 18:00 a 21:00 horas, el espacio expositivo está abierto al público.

El conocido humorista gráfico, Andrés Rábago, conocido por los seudónimos de El Roto y Ops, expone en la Galería Fúcares de Almagro. Con el título “El teatro de El Roto”, la galería almagreña recoge una selección de dibujos y de viñetas del artista que desde sus inicios ha reflejado la realidad con humor y sátira.

La exposición estará en Almagro hasta el 3 de octubre. La Galería Fúcares permanecerá cerrada en agosto.
Reproducimos la crítica de José María Guijarro sobre la exposición:
Una cabeza con la boca cosida. Emerge la boca en la mejilla. Cosidos los labios también. Brota la boca en la frente, inmediatamente cosida. Vuelve a aflorar bajo un ojo… Esta estampa del apócrifo OPS, publicada en Hermano Lobo al final de la dictadura de Franco, en pleno auge de la lucha por la libertad, muestra la crueldad de un régimen, al que parecía que nos habíamos acostumbrado tras décadas de lento aprendizaje, al terror que se imponía sobre la realidad ocultada a la vista, silenciada al oído, y que era un delito decir. Esta realidad era la tortura, el crimen, la represión universal, la violación de derechos. Pues bien, las estampas que OPS publicaba en Hermano Lobo, Triunfo o Cuadernos para el Diálogo, desvelaban la desgarradora sordidez, que el ‘parte’ de radio Nacional y el NO-DO ocultaban con risueña propaganda.
El poeta Paul Celan, atormentado por el nazismo, escribió -en la lengua de los verdugos: dale sombra a tu decir, dice verdad quien dice sombras.
En contextos diferentes, Paul Celan, OPS, vienen heridos de realidad, en busca de realidad. Todas las viñetas de OPS, eran imágenes rotundas, mudas, desgarradoras, que todos hacíamos nuestras, como representaciones del mundo en que vivíamos.
El Roto ha recuperado la palabra que se le negaba a OPS, y en las viñetas que diariamente nos muestra en El País aparecen también ejemplos de arquetipos sociales que componen el entramado del mundo en que vivimos -injusto pero democrático- que reflejan como un espejo aspectos ocultos de la vida, algunos entresijos del Poder, rasgos del Gran Teatro del Mundo, de nuestro Mundo, con una mirada escéptica y desmitificadora -es decir, sarcástica- cuya contemplación nos libera, nos reconforta, como ya hiciera OPS, por su mera claridad al describir la desgracia. Nos provoca la conmiseración y catarsis que nos produce asistir a la tragedia griega, o contemplar las estampas y dibujos de Goya. En ningún caso se trata de lenguajes privados, herméticos y elitistas, sino del lenguaje común que pretende describir la realidad por debajo de las apariencias.
En este punto me parece oportuno recordar la poética de Antonio Machado, con su creciente atención al sentimiento, a ciertas verdades irrenunciables, al otro, a la realidad (que él llamaba naturaleza) y al prójimo. El sentimiento, decía, no es una creación del sujeto individual, siempre hay una colaboración del TÚ, de otros sujetos; mi sentimiento no es exclusivamente mío, sino más bien NUESTRO. Por eso son un lugar de encuentro las estampas de El Roto, los Disparates de Goya, los Desastres de la Guerra o la Tauromaquia, o los dibujos de William Kentridge.

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Algo muy distinto es lo que pasa en el Arte Actual, al que El Roto dedica unas sustanciosas viñetas cuando sucede la feria de Arco de Madrid. El Arte Actual abandona el compromiso social, y se alinea en la corriente de la nueva sensibilidad que partió de la poesía pura de Paul Valery, o la poesía desnuda de Juan Ramón Jiménez.
En 1987 tuvo lugar en la Fundación Caja de Pensiones de Madrid la celebrada exposición, ‘El artista y su Doble’, en la que participó el neoyorkino Peter Halley, con unas pinturas de gran formato, colores planos organizados a la manera de celdas, caminos o chimeneas. Peter
Halley se decía lector de Ortega y Gasset, de quien había tomado el decálogo de la Deshumanización del Arte (1925). El arte según el nuevo estilo preconizado por Ortega huye de todo tipo de trascendencia, de toda emoción, se aleja de lo que llamamos realidad, naturaleza o formas vivas, y de todo lo humano. La obra de arte es un puro juego infantil, una broma divertida, impersonal, cuyo sentido se agota en sí misma, no hay sombras ni realidades ocultas, es lo que se ve, claridad, mediodía de intelección.
El artista actual pinta para sí mismo, con el retrovisor puesto, si acaso, en los otros agentes de la comunidad artística -una minoría selecta- para buscar el éxito. Podemos decir que aquella nueva sensibilidad (ya vieja) se acabó imponiendo en el siglo XX y está detrás de la hegemonía que ejerce el mercado en la dimensión social del arte. Hay una diabólica amalgama del vacío de contenido y el fetichismo narcisista de la obra. Ya no hay que ser muy ‘necio’ para ‘confundir valor y precio’, como dice el proverbio de Machado.
Pero volvamos a la realidad, volvamos a El Roto y a Goya. Hasta el pasado mes de febrero (2020) pudimos disfrutar en el Museo del Prado una gran exposición de dibujos y estampas de Goya, ‘Sólo la Voluntad me Sobra’, y un poco más arriba, en el claustro, otra de El Roto, que
llevaba el título de un grabado de Goya, ‘No se Puede Mirar’. Las dos descubrían aspectos de la realidad social humana, a veces miserable, patética o sarcástica, sin hacer juicios de valor: habían dibujado una suerte de espejos del callejón del Gato, en los que poder mirarnos largamente hasta reconocer nuestras propias miserias.
Así es la exposición de El Roto que presenta la galería Fúcares: una lenta aproximación al Teatro desde todos los ángulos. Si tuviera que elegir particularmente alguna estampa, a las ya mencionadas más arriba, añadiría tres pequeñas maravillas: ‘Pas a deux’, ‘Petit cabaret de prueba’ y ‘Ballet soviético’.

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